Leer una playlist

 
Filosofía de Goma y Zapatos Baratos
(El beef y el lore de la política)
Bullrich puso play. La política hizo el resto. Entre lore, guiños y paranoia interpretativa, ya no hace falta decir algo para que todos entiendan el mensaje..
 
Opinión24 de septiembre de 2026Nicolas BottiniNicolas Bottini
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Patricia Bullrich entra a su despacho, se sienta, abre una tablet y va a YouTube. No busca una entrevista propia. Tampoco un discurso de Javier Milei ni el resumen de la sesión del Senado.

Escribe Lali Espósito. Pone No me importa.

Toma café, tararea, firma unos papeles y sigue cantando.

Después sube el video.

Hasta ahí, técnicamente, una señora escuchó música en el trabajo. El problema es que la señora preside el bloque de La Libertad Avanza en el Senado. Y venía de varios días bastante menos musicales con el Gobierno.

Bullrich había cuestionado los cambios vinculados a discapacidad que aparecieron en el Presupuesto 2027. Dijo que no había sido informada y terminó contradiciendo públicamente al jefe de Gabinete, Diego Santilli, sobre cuándo y cómo se había discutido el tema.

Ese era, más o menos, el beef.

No hacía falta mucho más para que cualquier cosa que publicara Bullrich empezara a ser observada con la atención paranoica de quien mira el último capítulo de una serie sabiendo que hubo pelea entre los actores durante el rodaje.

Pero eligió a Lali. Y ahí entra el lore.

Porque Lali no es solamente una cantante que sonaba bien para acompañar un café. Su nombre ya viene cargado dentro de la política argentina. En 2024 protagonizó una pelea pública con Milei alrededor del financiamiento estatal de espectáculos. El Presidente la llamó “Lali Depósito”, cuestionó los pagos realizados a artistas por gobiernos provinciales y municipales, y ella respondió defendiendo su trabajo y criticando el señalamiento. Después llegó Fanático, con un videoclip lleno de referencias que muchos leyeron como una devolución de aquella pelea.

Por eso Bullrich no necesitaba explicar nada. Puso play. Y aparecieron los peritos, los sommeliers de intenciones.

¿Fue para Milei? ¿Para Santilli? ¿Era una forma de decir que no le importa la interna? ¿Estaba marcando autonomía? ¿Eligió esa canción porque justamente la canta Lali? ¿Por qué la filmaron? ¿Por qué la subieron?La política argentina armó en unas horas una convención de hermenéutica alrededor de una playlist. Y este es el punto donde la escena empieza a ponerse más interesante que la interna.

Durante mucho tiempo imaginamos la comunicación política como un problema bastante sencillo; un problema de emisión. El político decía algo. El periodista lo reproducía. Después venían los análisis, los recortes, las operaciones y las discusiones sobre qué había querido decir.

Las redes inventaron una variante bastante más cómoda. Un mensaje que funciona mejor cuanto menos se parezca a un mensaje.

Una canción. Una foto. Un like. Una remera. El libro cuidadosamente apoyado atrás durante una entrevista. Una historia de Instagram. Un emoji puesto en el lugar exacto para que una multitud sospeche algo que nadie escribió... Es el lenguaje del easter egg.

Quienes hayan pasado un rato cerca de un fandom conocen perfectamente el mecanismo. Un artista cambia un color en una publicación y miles de personas vuelven sobre discos, entrevistas y posteos de hace cinco años buscando una pista. Una serie deja un objeto fuera de foco en una habitación y en internet se puede discutir durante una semana si eso anticipa la muerte de un personaje. La diversión está en completar el rompecabezas.

La política entendió bien ese placer. Y además encontró una ventaja que cualquier asesor de comunicación compraría con los ojos cerrados. El easter egg, que esuna pista escondida a plena vista, permite decir algo sin terminar de quedar pegado a lo dicho.

Si la interpretación funciona, circula. Si se complica, siempre queda la salida de emergencia. Era una canción. No busquen donde no hay. Están viendo fantasmas.

La maravilla del mecanismo es que buena parte del trabajo la hace el receptor. El dirigente ofrece cinco piezas sueltas. Nosotros reconstruimos el contexto, buscamos el antecedente, recordamos quién se peleó con quién y terminamos de escribir la frase. El político pone los puntos que la audiencia los une.

Milei entró de una manera bastante curiosa en ese juego. Cuando le preguntaron por el video, dijo que politizar el arte era una “tontería mayúscula” y contó que había escuchado canciones de Lali que le habían gustado.

Para explicar que la canción no tenía significado político tuvo que responder una pregunta sobre su significado político. Y eso es lo que hace esta dinámica casi perfecta.

Tal vez el comunicado ideal de la era de las redes sea uno que todos entiendan pero nadie pueda citar. Y ahí Bullrich empieza a importar un poco menos. Porque este modo de mirar ya no pertenece solamente a los políticos. También es nuestro.

Nos acostumbramos a consumir la política como una serie que lleva demasiadas temporadas. Ya no alcanza con ver el capítulo de hoy. Hay que conocer quién estaba con quién hace tres años, quién borró una foto, quién dejó de seguir a quién, qué palabra usó en aquella entrevista, qué canción eligió para un video.

La noticia explica qué pasó. El lore explica por qué treinta segundos de una mujer tomando café pueden activar una conversación nacional. Hay algo fascinante en eso. También algo agotador.

Solo advierto que una vez que aprendemos a buscar pistas, aparece un problema bastante conocido por cualquiera que haya pasado demasiadas horas mirando teorías online. Empezamos a encontrarlas en todas partes.

Una canción deja de ser una canción. Un silencio puede ser una definición. Una foto se convierte en señal. Cada elección parece esconder otra elección abajo.

Quizás Bullrich quiso mandar un mensaje. Quizás quiso provocar exactamente esta discusión.

Quizás sabía que elegir a Lali iba a producir una revuelo más interesante que poner música funcional de ascensor.

Incluso puede que esas tres cosas no sean tan distintas.

Bullrich abre YouTube. Escribe Lali. Play.

Puede ser una dirigente escuchando música mientras toma café. Puede ser una chicana. Una declaración de autonomía. Un gesto pensado para que otros hagan el resto.

Ya casi da lo mismo descubrir cuál era la respuesta correcta. La escena funciona porque aprendimos una nueva habilidad política. Leer una playlist.

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