Quirno: se le metió un fan en el X

Filosofía de Goma y Zapatos Baratos
(El beef y el lore de la política)
 
Cuando el nacionalismo funciona como un fandom, la camiseta puede aparecer donde menos se la espera. Pablo Quirno salió a defender a Franco Colapinto en X y, por un rato, al canciller se le metió el hincha en la cuenta..
 
Opinión29 de septiembre de 2026Nicolas BottiniNicolas Bottini

Franco Colapinto llegó pasado a la primera curva de Bakú, bloqueó, se llevó puesto a Pierre Gasly y terminó arrastrando también a Lando Norris. No hay demasiada filosofía ahí. Frenó tarde. Se equivocó. Lo admitió. Pidió disculpas.

Norris, en cambio, salió del auto y todavía seguía corriendo la carrera en su cabeza. Dijo que algunos pilotos no deberían estar en Fórmula 1 y pidió una suspensión para Colapinto. Después se arrepintió. Este lunes contó que le había escrito a Franco, reconoció que había hablado con las la cabeza caliente y retiró lo dicho.

Hasta ahí, un sábado bastante normal para un deporte en el que tipos que manejan a 300 kilómetros por hora después tienen que estacionar frente a veinte micrófonos y comportarse como si acabaran de salir de terapia.

Pero entonces apareció Pablo Quirno. No un periodista deportivo. No un ex piloto. No Bizarrap. El canciller argentino.

“Seguro que Lando Norris pidió sanción para el piloto que chocó a Oscar Piastri en Montreal 2025. Ah, no… cierto”, escribió en X, acompañado por una imagen del accidente que Norris había protagonizado con su compañero de McLaren el año anterior.

Se le metió el fan en X al canciller.

Y es una escena demasiado buena como para desperdiciarla discutiendo si un ministro de Relaciones Exteriores debería o no opinar sobre Fórmula 1. Claro que puede. El asunto empieza un poquito después cuando uno lo puede empezar a desmenuzar.

Porque mientras Norris hablaba en caliente como piloto, Quirno respondió en caliente como hincha. Uno dejó escapar durante unos minutos el tipo que acababa de perder una carrera. El otro dejó escapar al argentino que acababa de escuchar que un británico pedía sacar de la pista a Franco Colapinto.

Después pasó algo todavía mejor. Max Verstappen, un piloto cuya carrera deportiva podría escribirse con el pie derecho hundido en el acelerador, pidió bajar un cambio. Dijo que Colapinto se había equivocado, que había reconocido el error y que pedir una carrera de suspensión era demasiado. George Russell opinó parecido.

Al final, el que siempre acelera pidió calma y el canciller argentino entró pasado a la curva. Si se permite la licencia, por un rato Quirno se mileizó. Eligió la chicana, el archivo y el golpe corto de redes.

Pero la gracia no está en Quirno. Está en que todos entendimos perfectamente lo que hizo.

Porque hay una regla del fandom que conocemos sin que nadie tenga que explicarla. A uno de los nuestros podemos criticarlo nosotros. Podemos decir que Franco frenó tarde, que hizo una macana, que arruinó una posible buena carrera de Alpine. Podemos discutir durante tres horas una estrategia, un sobrepaso o si está rindiendo lo suficiente.

Ahora, cuando viene alguien de afuera y dice que el nuestro no merece estar ahí, cambia la conversación. Ya no estamos evaluando una frenada. Estamos defendiendo la camiseta.

El sábado ocurrió algo parecido en las redes. La discusión sobre la responsabilidad de Colapinto se convirtió rápidamente en una disputa de comunidades. Norris y otros protagonistas recibieron insultos, al punto de que Alpine publicó un comunicado repudiando los ataques y el odio online. El piloto ya no era solamente un piloto. Para una parte de la conversación era Franco. El nuestro.

Eso tiene historia. Argentina pasó décadas depositando pedazos de su identidad en tipos que corren, patean, la embocan en un aro o pegan una derecha paralela sobre polvo de ladrillo. Fangio, Maradona, Ginóbili, Messi. La lista importa menos que el mecanismo. Hay personas que en determinado momento dejan de competir solamente en nombre propio.

Pero las plataformas agregaron algo. Antes esa identificación necesitaba grandes escenarios. Un Mundial. Una final. El himno. La bandera entrando al estadio. Hoy puede activarse un sábado cualquiera debajo de un posteo. Una captura, un clip de cinco segundos y una bandera en el nombre de usuario alcanzan para organizar un “nosotros”.

El fandom conoce muy bien ese lenguaje. Hay swifties, ricoteros, tifosis de Ferrari y gente capaz de explicarte durante media hora por qué una crítica contra una cantante que jamás conocieron constituye, de alguna manera, una agresión personal.

La política también empezó a vivir ahí. Y mientras esta columna se cerraba, la Cancillería volvió a hablar del Reino Unido. Esta vez sin memes, sin archivo de carreras viejas y sin chicanas.

Comunicado.

Malvinas, soberanía, explotación de recursos, licencias hidrocarburíferas, derecho internacional. El idioma que uno espera encontrar cuando entra a la página de un Ministerio de Relaciones Exteriores. La Argentina viene endureciendo formalmente su posición frente al proyecto petrolero Sea Lion y las actividades británicas en el Atlántico Sur, con protestas diplomáticas y medidas contra las empresas involucradas. 

Y ahí la escena se vuelve todavía mejor.

Porque ayer Quirno estaba picando a un piloto británico en X por meterse con Colapinto. Hoy firma, ordena o encabeza comunicados dirigidos al Reino Unido por una disputa real de soberanía.

No hace falta cometer la pavada de mezclar ambas cosas. Norris no representa a Gran Bretaña y una discusión de Fórmula 1 no tiene absolutamente nada que ver con Malvinas.

La gracia está justamente en que son mundos distintos. Y entran en la misma cuenta.

En uno, el canciller habla en nombre del Estado argentino. Hay territorio, petróleo, leyes, notas diplomáticas y una controversia de casi dos siglos. En el otro, aparece un argentino buscando en el archivo un choque de Montreal porque alguien de afuera se metió con Franco. Dos maneras completamente diferentes de decir “los nuestros”.

Quizás ahí haya algo de esta época. Durante mucho tiempo pensamos el nacionalismo a partir de grandes relatos, símbolos solemnes y fronteras. Pero una parte de la pertenencia contemporánea parece funcionar con reglas mucho más parecidas a las de un fandom. Tiene ídolos, códigos internos, enemigos circunstanciales, archivos infinitos y una memoria especializada para recordar cada agravio.

Y, sobre todo, tiene una regla sencilla. Al propio se lo discute puertas adentro. Cuando lo toca uno de afuera, primero aparece la camiseta y después vemos el VAR.

Norris ya pidió disculpas. Colapinto volverá a subirse al auto. La curva uno de Bakú quedará atrás. Malvinas, obviamente, no.

Quirno tampoco va a confundir las dos cosas. Pero nosotros podemos mirar el cambio de registro.

Ayer, captura de pantalla. Hoy, comunicado oficial.

Ayer se le metió el fan en X al canciller. Hoy volvió el canciller a meterse en la Pole con autoridad.

Los dos escriben desde la misma cuenta.

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Nicolas Bottini
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