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title: "Todos juntos pero cada uno en su lugar"
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description: "Filosofía de Goma y Zapatos Baratos (El beef y el lore de la política) Fito se peleó con la seguridad de su recital y una silla quedó en el medio. Queremos cantar con desconocidos, soltarnos y sentir que somos todos uno. Hasta que uno de esos desconocidos ocupa el lugar que pagamos."
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date_published: "2026-10-07T07:55:00-03:00"
date_modified: "2026-10-07T08:03:42-03:00"
author_name: "Nicolas Bottini"
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author_bio: "Analista politico. Escribe sobre la política y sus sombras."
category_name: "Opinión"
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# Todos juntos pero cada uno en su lugar

Compraste una entrada para olvidarte de todo. Elegís la fila y el asiento. Todo perfecto.

Hay algo hermoso en ir a un recital. Hacés planes, coordinás con alguien, gastás plata que quizás tendrías que haber gastado en otra cosa. Todo para llegar a un lugar donde un tipo va a cantar canciones que ya tenés en el teléfono. Pero vas igual. Porque falta la gente. Falta escuchar cómo una canción que venías cantando solo se vuelve enorme cuando la cantan miles a la vez.

Después uno de esos miles se te pone adelante y querés matarlo.

Fito Páez se enojó con el personal de seguridad durante su recital en Mar del Plata. Cuestionó que hicieran sentar a espectadores, evocó la represión de los setenta y después ratificó su reacción. Una fuente vinculada con la producción explicó más tarde que la consigna era impedir que el público avanzara sobre las ubicaciones que habían comprado otros. También admitió posibles indicaciones equivocadas y el uso de un láser dirigido a caras, que aseguró que fue corregido.

Levantarse a bailar y mudarse a la primera fila son cosas distintas. Conviene guardar esa diferencia antes de que el entusiasmo nos lleve puestos también a nosotros.

Hasta ahí, el beef. Fito, seguridad, espectadores y versiones que no terminan de coincidir. Alcanza para discutir durante horas si el músico exageró, si había motivos para calentarse o si alguien debería explicarle a un señor con chaleco qué clase de acontecimiento es un recital. Pero hay una silla en el medio. Y la silla tiene bastante para decir.

El rock carga una promesa. Soltarse, bailar, gritar, cantar, volverse loco. Entrar en una canción, perder un poco la vergüenza, hacer con el cuerpo algo que en una reunión de trabajo podría terminar en una conversación con Recursos Humanos. Cuando Fito invoca los setenta, pone en circulación una memoria política de la autoridad sobre esos cuerpos. Desde ahí mira lo que ocurre abajo del escenario.

La entrada al recital, mientras tanto, trae implícito otro vocabulario. Más ordenado, más pacato. Sector. Fila. Asiento.

También hiciste una promesa cuando la compraste. Te prometiste que esta vez ibas a estar cerca. Que ibas a ver bien. Quizás elegiste una ubicación porque ibas con tu pareja o con tu vieja (no importa), porque te cuesta estar parado dos horas o porque ya conocés la experiencia de escuchar medio recital detrás de una espalda gigante o en medio de un pogo.

Todo eso, tus expectati llega al estadio junto con las ganas de cantar.

Por eso “que la gente haga lo que quiera” funciona bárbaro hasta que la gente empieza a querer cosas diferentes. Uno quiere acercarse. Otro quiere que dejen de empujarlo. Alguien se levanta porque empezó su canción favorita. Detrás hay alguien que también la estaba esperando y ahora ve una espalda que agita las manos como un inflable de estacionamiento.

“La gente” dura bastante poco como personaje unánime. Y acá aparece un problema para nuestra fantasía rockera. Es fácil imaginar al que pide orden como un amargo, un inspector municipal infiltrado entre personas que fueron a pasarla bien. Hasta que el que necesita una silla es alguien que queremos. O somos nosotros, con una rodilla que empezó a negociar sus propios términos y condiciones.

Una ubicación asegurada puede hacer posible una salida. Pedir que se respete tiene razones que merecen algo mejor que una acusación de falta de espíritu.

Ahora bien, también podemos comprar una entrada y empezar a sentir que compramos cierta obediencia del entorno. Que nadie hable justo ahí. Que nadie filme. Que nadie se pare. Que nadie cante tan mal esa parte que nos gusta tanto.

El recital ideal empieza a parecerse sospechosamente a estar solos, pero con miles de personas haciendo ambiente. Ahí la silla deja de pertenecerle solamente a la producción. Es nuestra.

Nos gusta pensar que el impulso de controlar la fiesta viene siempre de afuera. De un organizador, de seguridad, de alguien que no entiende. Sin embargo, alcanza con que sintamos amenazada nuestra noche para empezar a buscar a un responsable.

La “autoridad” también tiene “clientes”. Eso no justifica cualquier procedimiento. Haber comprado un lugar no autoriza a tratar mal a otro, y cuidar una ubicación requiere distinguir entre bailar y atropellar al de adelante. Justamente por eso hace falta algo más difícil que elegir entre libertad y orden como quien elige una remera. Hace falta convivir durante dos horas con personas que pagaron para vivir una noche que se imaginan distinta de la nuestra.

Muy probablemente parte de lo que compramos sea una expectativa imposible de garantizar. Una experiencia colectiva ajustada a nuestros deseos particulares. Queremos la intensidad que producen los demás, con un margen bastante acotado para que los demás hagan cosas. Y aun así volvemos. Porque a veces ocurre. La canción encuentra a todo el mundo más o menos al mismo tiempo y, durante un rato, nadie está calculando cuánto espacio le corresponde.

Podría pasar en el próximo tema. Se apagan las luces. Reconocés los primeros acordes. El desconocido de al lado te abraza como si hubieran ido juntos a la secundaria. Cantás con él. Te emocionás. Después baja el brazo, corre un poco el cuerpo y te pisa la campera.

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