
Detrás del algoritmo
Isi Sorkin
Cada vez que una publicación tiene poco alcance aparece la misma explicación: “me mató el algoritmo”.
La frase se repite tanto que terminó convirtiéndose en una verdad aceptada. Sin embargo, explica bastante menos de lo que parece.
Porque el algoritmo no es una fuerza misteriosa ni una entidad autónoma que decide nuestro destino digital desde las sombras. Detrás de cada algoritmo hay personas tomando decisiones, empresas buscando rentabilidad y una competencia feroz por uno de los recursos más valiosos del siglo XXI: nuestra atención.
Cuando abrimos una red social solemos creer que elegimos qué mirar. La realidad es bastante diferente. Entre millones de publicaciones posibles, son las plataformas las que determinan qué contenido aparece frente a nosotros y en qué orden.
Y cada una lo hace según sus propios intereses.
En X, la red social propiedad de Elon Musk, la velocidad y la conversación siguen siendo centrales. La polémica suele generar más circulación que el consenso. No es casualidad que periodistas, dirigentes políticos y figuras públicas continúen utilizándola como un espacio privilegiado para instalar temas en la agenda.
Meta, la compañía fundada por Mark Zuckerberg, opera con una lógica diferente. Instagram está diseñado para descubrir contenido nuevo. Facebook, en cambio, busca fortalecer comunidades y mantener vínculos entre grupos de interés. Aunque cumplen funciones distintas, ambas plataformas persiguen el mismo objetivo: aumentar el tiempo de permanencia de los usuarios.
YouTube juega otro partido. Allí el indicador más importante no son los likes ni los comentarios. Lo que realmente importa es el tiempo de visualización. Cuántos minutos permanecemos mirando, cuántos videos consumimos y qué tan efectiva resulta la plataforma para convencernos de reproducir uno más.
El caso de TikTok merece un análisis aparte. Su irrupción modificó el equilibrio global de internet. No sólo transformó la forma en que consumimos contenido, sino que además introdujo un nuevo actor geopolítico en un terreno históricamente dominado por empresas estadounidenses.
Durante más de una década, las grandes plataformas digitales fueron norteamericanas. Facebook, Instagram, YouTube y Twitter concentraban la mayor parte de la atención mundial. La aparición de TikTok demostró que una empresa china podía competir de igual a igual por miles de millones de usuarios.
La discusión dejó de ser exclusivamente tecnológica. También pasó a involucrar influencia cultural, negocios, datos y poder.
Por eso TikTok no se limita a analizar a quién seguimos. Su prioridad es comprender qué nos interesa. Cada segundo de visualización, cada pausa, cada repetición y cada interacción alimentan un sistema diseñado para predecir nuestro comportamiento con una precisión cada vez mayor.
La competencia entre plataformas no es una batalla por la innovación. Es una disputa permanente por capturar nuestra atención.
Los protagonistas son algunos de los empresarios más poderosos del planeta. Las herramientas son algoritmos cada vez más sofisticados. Y el premio en juego no son los clics ni los likes.
El premio somos nosotros.
La próxima vez que alguien diga que el algoritmo perjudicó una publicación, quizás la pregunta importante no sea qué hizo mal el algoritmo.
Tal vez la verdadera pregunta sea quién escribió las reglas y qué intereses busca defender.



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