El futuro viene usado

Filosofía de Goma y Zapatos Baratos
(El beef y el lore de la política)
 

La inflación baja, pero cada vez más familias financian gastos cotidianos. La deuda ya no es una forma de comprar algo antes. Comienza a a ser un indicador de cuánto “ futuro” necesitamos gastar para sostener el presente.
 
Opinión22 de agosto de 2026Nicolas BottiniNicolas Bottini
futurousado

Hay un momento del mes en el que uno abre la app del banco con la misma tranquilidad con la que abre un mensaje que dice “tenemos que hablar”. El resumen de la tarjeta está disponible, destaca en la pantalla.

Entrás. Bajás lentamente por los consumos. No hay un viaje a Miami. Tampoco una PlayStation, no está esa guitarra que juraste que algún día ibas a aprender a tocar. Hay supermercado. Nafta. Farmacia. Alguna cena. Aplicaciones que se cobran solas y servicios que uno ya incorporó al paisaje. El skyline financiero.

Llegás abajo. Pago total. Un poco más abajo, como quien ofrece una puerta lateral en un edificio en llamas, aparece otra opción. Pago mínimo.

Argentina conoce bien las cuotas. Comprar hoy y pagar mañana es casi una tradición nacional, una forma de defensa contra la inflación y también una manera de acceder a cosas que el sueldo de un solo mes no permite. Una heladera en doce pagos. Un televisor. Un pasaje. Hasta unas zapatillas. Pero algo cambia cuando en las cuotas ya no queda un objeto. La comida desaparece antes de que llegue la cuota.

Según un relevamiento de Management & Fit realizado a fines de julio, el 71,9% de los consultados declaró tener alguna deuda. Entre los endeudados, dice la encuesta, el principal destino es comprar alimentos y cubrir gastos del mes. Después aparece algo todavía más interesante: pagar otras deudas. La deuda pagando deuda. Una especie de Pac-Man financiero que se come a sí mismo.

El Banco Central también viene registrando una tendencia similar. En mayo, la irregularidad de los créditos a las familias llegó al 12,8%. Todo esto ocurre en un momento extraño porque, al mismo tiempo, una de las grandes enfermedades argentinas muestra síntomas bastante menos violentos. La inflación de julio fue de 2,1% mensual y la mayorista 0,8%. Sigue siendo inflación, claro, y el acumulado anual todavía pesa, pero estamos lejos de aquellos meses en los que ir al supermercado era una experiencia cercana a un episodio de El Juego del Calamar. 

Ese es, más o menos, el beef económico de estos días. El Gobierno muestra una inflación mucho más baja que la que recibió y sostiene que el ordenamiento empieza a dar resultados. Del otro lado aparecen la mora, el endeudamiento de las familias y una pregunta bastante menos cómoda: ¿qué significa que los precios corran menos si cada vez más gente necesita financiar el mes?

Ahí haya algo que tenemos que mirar mejor. Durante años la crisis económica argentina tuvo una escenografía muy fácil de reconocer. El precio que cambiaba. El dólar que saltaba. La remarcación. El comerciante que no sabía cuánto cobrar. El grupo de WhatsApp familiar compartiendo la foto de una góndola como si fuera evidencia de un crimen. Era una angustia bastante pública. En cambio, la deuda tiene otra estética. Llega por mail. Vibra en el celular. Tiene contraseña.

Dos personas pueden estar tomando un café y coincidir en que los precios ya no suben como antes. Una de ellas, mientras habla, sabe perfectamente que el martes vence una tarjeta que no puede pagar completa. No necesariamente una cosa desmiente a la otra. 

Quizás una parte de nuestra fragilidad económica esté cambiando de forma. Hay algo especialmente curioso en la transformación del crédito que parece haber recorrido el camino del precio al vencimiento. 

Para entender el lore hay que acordarse de algo bastante argentino. Nosotros no descubrimos las cuotas esta semana. Crecimos con ellas. El “¿cuántas cuotas?” está casi tan incorporado a una compra como preguntar cuánto sale.

Endeudarse siempre fue, de alguna manera, negociar con el futuro. Si comprábamos una heladera en doce cuotas, traíamos una heladera del mañana a nuestra cocina de hoy. El futuro nos prestaba un objeto y nosotros prometíamos devolverle doce pedacitos de sueldo. Pero cuando el crédito paga supermercado, alquiler o gastos corrientes, el mecanismo se da vuelta. Ya no traemos un pedazo del futuro para mejorar el presente. Ahora necesitamos que el futuro venga a rescatar este presente. 

Entonces el sueldo del mes que viene empieza a dejar de ser enteramente del mes que viene. Lo espera la tarjeta. Lo espera una cuota. Lo espera una billetera virtual. Un préstamo que sacamos para cancelar otro préstamo. Cuando finalmente llega el primero del mes, la plata entra a una habitación donde ya hay gente sentada. Una parte del futuro viene usada.

Esto tampoco requiere imaginar una familia haciendo una peregrinación hasta un banco para pedir plata. El crédito es cada vez menos una decisión extraordinaria. Vive adentro de las mismas aplicaciones con las que pagamos un café, transferimos diez mil pesos o dividimos una cena. Está ahí. A dos movimientos del pulgar.

La tecnología consiguió hacer algo bastante impresionante. Logró que endeudarse pueda dejar de sentirse como endeudarse. No hace falta un señor de corbata detrás de un escritorio explicando intereses. A veces alcanza con un botón amable que dice “ver oferta”.

Capaz por eso el pago mínimo es uno de los grandes objetos de debate de nuestro tiempo. Tiene un nombre tranquilizador. Mínimo. Pequeño. Posible. No resuelve el problema. Lo convierte en un problema del mes siguiente.

Y no siempre está mal. El crédito existe justamente porque permite mover recursos entre distintos momentos de la vida. El problema aparece cuando lo excepcional consigue contrato permanente. Y se vuelve una calamidad cuando necesita que cada mes, el siguiente le preste algo.

Ahí la deuda deja de ser solamente una cifra económica. Empieza a ordenar nuestra experiencia del tiempo. Hay planes que se postergan. Compras futuras que compiten con consumos pasados. Sueldos todavía no cobrados que ya tienen destino. El calendario deja de ser una sucesión de meses nuevos y empieza a parecerse a una fila de acreedores.

Quizás por eso una economía pueda ofrecer señales de mayor estabilidad al mismo tiempo que una persona puede sentirse económicamente frágil. La inflación mide cuánto cambian los precios. La deuda se siente cuando llega el vencimiento.

Durante mucho tiempo aprendimos a mirar la economía argentina preguntando cuánto aumentó esto o aquello desde la última vez que lo compramos. Probablemente una parte de la conversación que viene tenga otra pregunta. ¿Cuánto del mes que viene ya gastamos?

El resumen de la tarjeta puede ofrecer dos números. Uno dice cuánto debemos. El otro, más silencioso, dice cuánto futuro nos queda.




Nicolás Bottini, escribe Filosofía de Gomo y Zapatos Baratos: el beef y el lore de la política.

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