Ver para no creer

Filosofía de Goma y Zapatos Baratos
(El beef y el lore de la política)
 
Una foto del Soleil quiso mostrar una economía en movimiento y terminó abriendo otra discusión. Cuando cualquier imagen puede ser creada, retocada o puesta en duda, mirar ya no alcanza para saber qué pasó.
Opinión16 de septiembre de 2026Nicolas BottiniNicolas Bottini
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Una persona en el shopping Soleil tiene tres piernas. 

No es un chiste verde ni una metáfora sobre la economía argentina. Son tres pies. Uno parece salir de la nada y, para completar la bizarreada, lleva una zapatilla distinta. Un poco más atrás hay una mujer que parece tener un brazo de más. Algunas caras se derriten. Apenas. Los carteles pierden algunas letras por el camino. Nada demasiado espectacular. Hay que hacer zoom.

La foto la compartió Javier Milei en X. Un shopping lleno de gente, bolsas, luces, movimiento. La imagen venía con una provocación. Provocación que ahora resulta bastante más graciosa de lo anticipado. El Presidente preguntaba si aquello era inteligencia artificial o si alguien estaba mintiendo mucho.

La intención estaba clara. Frente al relato de la caída del consumo, ahí estaba la realidad. Mírenla.

El problema es que muchos miraron. Y se desató la polémica.

Chequeado comprobó que el lugar existe y que efectivamente es el Shopping Soleil. Que la imagen es actual, aunque no pudo determinarse cuándo fue tomada. También encontró inconsistencias compatibles con una modificación mediante inteligencia artificial. Aunque eso no nos permite saber qué cosas fueron alteradas, cuánto ni con qué intención. Podría haber sido una mejora de calidad. Los detectores de IA que detectan presencia de IA tampoco alcanzan para resolver el misterio. 

Ese era, más o menos, el beef. Una foto usada para mostrar que la economía estaba mejor terminó bajo sospecha por las mismas razones que pretendía desafiar.

Y acá empieza lo interesante. Sería mucho más cómodo que la foto fuera completamente falsa. Un shopping inventado, personas que nunca existieron, una multitud fabricada desde cero. Tendríamos un villano, una moraleja y un tutorial para detectar fake news. Pero el Soleil está ahí. El pasillo existe. Había gente. La novedad es que hoy por hoy, una fotografía puede contener realidad y artificio en el misma plano.

Ese es el nuevo problema. Para entender el lore hay que volver un poco atrás. La manipulación de imágenes tampoco nació con ChatGPT. Stalin hacía desaparecer personas de las fotos mucho antes de que una aplicación pudiera borrarte a tu ex en dos segundos. Photoshop tiene más de treinta años. Encuadrar ya es elegir qué se queda afuera si no ponemos muy puristas.

Lo loco es que todavía quedaba una especie de contrato básico con la fotografía. Algo había estado delante de la cámara y alguien había estado detrás de la lente. Había un objeto y un sujeto que salían de testigos de ese instante congelado en un negativo. Ahora ese contrato se vuelve bastante más difuso.

Una persona puede haber estado adelante de la cámara y después tener tres pies. Un shopping puede haber estado lleno y después quedar un poco más lleno. Una cara puede pertenecer a alguien que estuvo ahí, aunque esa cara que vemos nunca haya existido exactamente de esa manera. Lo inquietante ahora no son las imágenes evidentemente falsas, son las plausibles.

Justo esta semana Apple presentó para sus nuevos iPhone Pro una función llamada Reference Image. La idea es bastante sencilla y bastante paradójico volver a necesitarla. Cuando sacás una foto en un modo especial, el teléfono guarda información firmada por el sensor y crea una imagen de referencia que permite comparar después qué vio la cámara con la foto que terminó circulando. Un negativo digital para la época en que dejamos de confiar en las imágenes y décadas después que habíamos prescindido del negativo.

Hay algo filosóficamente cómico en eso. Pasamos décadas mejorando cámaras para conseguir imágenes cada vez más fieles a la realidad y ahora empezamos a necesitar cámaras que certifiquen que la realidad estuvo ahí y que es, efectivamente, la que muestra la imagen.

El refrán dice que una imagen vale más que mil palabras. Ahora una imagen viene necesitando metadatos, firmas criptográficas, historial de edición y quizás un especialista que nos explique qué estamos mirando.

Pero esto no termina acá. La cosa se pone más rara todavía. Porque mientras se desarrollan tecnologías para chequear qué parte de una imagen es real, también empezamos a poner en manos de la inteligencia artificial la tarea de contarnos la realidad.

Cualquier agente IA, por ejemplo, puede salir a buscar información en internet y generar una respuesta. No necesariamente mostrarnos diez links para que nosotros recorramos el camino. Puede hacer parte del recorrido por nosotros.

Ahí cambia algo que no hay que pasar por alto. Durante años internet funcionó como una enorme biblioteca desordenada. Google te acercaba a una puerta y vos entrabas. Cada vez más, los asistentes prometen entrar, mirar, comparar y volver con una respuesta.

La mediación se vuelve invisible. Una máquina puede ayudar a modificar una imagen. Otra puede certificar que la imagen no fue modificada. Otra puede explicar el lore de la discusión que produjo esa imagen. Todo eso mientras nosotros estamos en el colectivo.

Antes una imagen ponía fin una discusión. Ahora puede abrir otra infinita. Y eso cambia sustancialmente la política. La política siempre necesitó imágenes. El balcón lleno, la plaza vacía, el supermercado sin productos, el candidato abrazando gente, la calle desbordada, el shopping repleto. Escenas pequeñas que representan cosas más grandes.

La imagen del Soleil tenía esa intensión. Una fotografía que debía representar una afirmación acerca de la economía argentina. Aun si cada persona de esa foto fuera auténtica y todos tuvieran exactamente dos pies, seguiría existiendo un problema. Una tarde en un shopping tampoco es una estadística.

El que piensa que la economía ya despegó ve un shopping lleno. El que piensa que la economía es un desastre ve propaganda. Después aparece un tercer pie y cada uno encuentra una nueva razón para quedarse donde estaba.

La inteligencia artificial puso en evidencia una costumbre bastante anterior. Miramos las fotos para reconocer el mundo que ya creemos que existe y no para entender lo que efectivamente ocurrió. Hasta ahora las fotos prometían algo bastante sencillo y fabuloso al mismo tiempo. Prometían que algo estuvo frente a alguien. 

Estamos entrando en una época en la que eso ya no es tan así. Y mientras aprendemos a desconfiar de lo que vemos, hay cada vez más máquinas ofreciéndose amablemente a mirar por nosotros.

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Nicolas Bottini
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