
¿Quién puede hablar de Malvinas?
(El beef y el lore de la política)
Nicolas Bottini
El discurso no había empezado, ni siquiera estaba grabado todavía y ya todos teníamos una opinión. Faltaban horas para que Javier Milei hablara por cadena nacional sobre Malvinas y los posiciones ya estaban bastante tomadas. Oportunismo electoral. Giro nacionalista. Acercamiento a Estados Unidos. Contradicción con sus elogios a Margaret Thatcher. Jugada geopolítica. Humo. Patriotismo. Marketing. Entrega. Recuperación.
El Presidente todavía no había abierto la boca y su discurso ya tenía defensores, detractores, exegetas y críticos. Era una verdadera disección a cielo abierto, con público, gradas, aplaudidores y abucheadores.
Después habló. Y volvió a pasar lo mismo. Nada cambió en líneas generales, aunque hubo varios contorsionistas estirando lo que habían dicho unas horas antes para hacerlo entrar en lo que Milei efectivamente dijo. Un pequeño ejercicio de filosofía de goma, casi demasiado literal.
Milei ratificó el reclamo argentino de soberanía, rechazó el derecho de autodeterminación de los isleños, anunció sanciones contra quienes participen de la explotación de recursos en la zona, prometió una base naval integrada en Tierra del Fuego y envió al Congreso una batería de medidas de seguridad nacional. También dijo algo menos novedoso, pero más interesante para entender lo que vino después. “La causa Malvinas no pertenece a un gobierno ni a un partido político”.
Ahí arrancó el beef. Porque la frase tiene algo de obvio y algo de provocación. Malvinas está escrita en la Constitución, cruza gobiernos, partidos y generaciones. Pero que sea de todos no significa que cualquiera pueda agarrar el micrófono sin que el arco político pida pedigree. A Milei se lo pidieron más rápido que inmediatamente.
Apareció el archivo. Thatcher. Sus posiciones anteriores sobre los habitantes de las islas. Apareció su alineamiento con Donald Trump. Aparecieron las elecciones de 2027. Cada sector abrió el archivo que tenía más cerca para decidir si el nuevo traje malvinero le quedaba bien o si le quedaba grande.
El lore era irresistible. Un Presidente que construyó buena parte de su identidad política derribando consensos, aparecía ahora en cadena nacional reclamando uno de los consensos más heavy que tenemos. El hombre que hizo del cuestionamiento a las vacas sagradas casi un género discursivo y un slogan de campaña acababa de entrar al templo con una vela prendida para una causa irrenunciable.
La contradicción existe. Es legítimo señalarla. La biografía política no desaparece cada vez que alguien cambia de postura sobre un tema y los antecedentes sirven para medir la consistencia de lo que dice hoy. Pero si nos quedamos solamente ahí, pasa algo curioso. Malvinas desaparece.
La discusión deja de ser qué dijo el Presidente sobre las islas y pasa a ser si el Presidente tiene autoridad moral, ideológica, histórica o sentimental para decirlo. La causa queda quieta en el centro mientras todos nos peleamos por quién puede acercarse. Quién puede levantar la bandera. Quién puede subirla al escenario. Quién tiene derecho a ponerle épica sin que otro le reclame que esa épica ya tenía dueño.
No discutimos demasiado el sustantivo Malvinas. Ahí el acuerdo argentino sigue siendo extraordinariamente resistente. Incluso en una época donde alcanza un tuit para convertir casi cualquier cosa en identidad partidaria, la afirmación de la soberanía argentina sobre las islas conserva una fuerza difícil de cuestionar en la conversación pública.
La batalla empieza con los verbos. Recuperar. Negociar. Esperar. Presionar. Seducir. Sancionar. Estamos bastante de acuerdo con el sustantivo. El problema aparece apenas intentamos conjugarlo.
No es lo mismo pensar Malvinas como una deuda que tenemos que cobrar que como una paciencia que hay que administrar. No es igual imaginar que el camino pasa por el desarrollo económico argentino, por la presión diplomática, por aislar al Reino Unido. Todos pueden decir Malvinas. La discusión empieza cuando alguien intenta decir qué hacer con Malvinas.
Y finalmente está el sujeto. Quién recupera. Quién negocia. Quién espera. Quién puede decir “nosotros”.
Ahí aparece otra pelea, quizás menos evidente. No sólo discutimos el camino sino quién tiene permiso para conducirlo. Quién puede pararse delante de esa causa, hablar de “nosotros” y apropiarse por un rato de una épica que excede a cualquiera que intente usarla. Malvinas parece ser de todos hasta que alguien intenta enarbolarla. Entonces empiezan a aparecer los custodios.
Y ahí es cuando la política argentina empieza a parecerse bastante a la carpeta de spam. Antes de leer el mensaje miramos el remitente. Si viene de alguien de los nuestros, quizás hacemos clic. Si aparece el nombre equivocado, el filtro trabaja por nosotros. No importa demasiado qué había adentro. Eso alcanza para sospechar del contenido.
Con Milei, Cristina o quien mañana ocupe el lugar del antagonista en nuestro mapa mental ocurre algo parecido. Cambian las reglas de los indeseados, pero el mecanismo del spam sobrevive.
La velocidad ayuda. En redes, llegar primero con una interpretación suele tener más premio que tomarse media hora para descubrir si esa interpretación resistió el acontecimiento. La política aprendió bastante bien esa lógica. Ya no alcanza con contar qué ocurrió. Hay que decir inmediatamente quién ganó, quién perdió y qué oscuro propósito escondía todo antes de que el hecho termine de ocurrir.
Malvinas hace más visible esa costumbre porque abajo del ruido permanece el acuerdo. La vaca sagrada. Quizá por eso la pelea por la autoridad resulte tan feroz. Una causa que no importara podría ser utilizada por cualquiera sin demasiado costo. En este caso las credenciales se piden precisamente porque el símbolo pesa, y Malvinas quizás sea la causa más pesada de todas.
Por eso la discusión sobre quién puede hablar de Malvinas tampoco es casual. Hay una vigilancia sobre el símbolo. Una especie de policía política que revisa antecedentes, contradicciones y equipaje ideológico antes de dejar pasar a alguien. El problema es que esa vigilancia puede cuidar una causa o terminar encarcelándola. Puede evitar una apropiación oportunista, pero también convertir a Malvinas en propiedad informal de quienes se sienten con más derecho que otros a pronunciarla.
Tiene muertos. Tiene veteranos. Tiene una guerra. Tiene escuela primaria, monumentos, canciones, carteles al costado de la ruta y un mapa que aprendemos a dibujar antes de sepamos que significa soberanía. También tiene una dictadura que intentó usarla, gobiernos democráticos que buscaron caminos distintos y generaciones que recibieron la causa sin haber vivido 1982. Por eso nadie consigue apropiársela del todo.
Seguramente ese sea el conflicto que Milei habilitó cuando dijo que Malvinas no pertenece a un partido. Tenía razón, pero esa falta de dueño no quiere decir que el símbolo sea políticamente neutro. Es exactamente lo contrario. Todos pueden reclamarlo y, al mismo tiempo, todos pueden ser acusados de estar usándolo.
La pregunta que incomoda no es si Milei fue coherente cuando habló de Malvinas. Es si podemos diferenciar quién habla de qué está diciendo. Porque una cosa es usar el pasado de alguien para entender sus palabras. Otra es usarlo para no tener que escucharlas.
Nicolás Bottini, escribe Filosofía de Gomo y Zapatos Baratos: el beef y el lore de la política.


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